
Arcanos Mayores
VIII - La Justicia
Según
la estructura que hemos planteado, el Tarot es un Libro de sabiduría esotérica
en el cual la carta de El Mago (Arcano I) representa su Introducción y la carta de El Mundo (Arcano XXI) la Conclusión. Ya hemos analizado seis de
los diecinueve capítulos de este libro, que son aquellos que representan
instancias vitales relacionadas con el desarrollo del ser humano a nivel
personal y material. En el capítulo sexto, con la carta de El Carro (Arcano VII),
planteamos el desafío del Esoterismo: la
apertura de puertas interiores para poder abrir puertas exteriores. Se
trata de un desafío porque se puede vivir toda la vida a un nivel superficial (Exotérico)
en cualquiera de los registros señalados en esas seis primeras cartas, lo que
expresado en la clave simbólica de La Papisa sería vivir de las apariencias sin atravesar jamás el velo de la realidad.
Esa apariencia y ese velo que hay que poder atravesar para
avanzar en el Segundo Septenario del Tarot se encuentran representados en la
carta de La Justicia (Arcano VIII). Lo que resta del camino de la vía del Tarot
va del Arcano VIII (La Justicia) al Arcano XX (El Juicio), toda la enseñanza
esotérica codificada en el Tarot parece estar determinada por la diferencia y
la distancia existente entre estas dos cartas.


Para decirlo rápidamente, la carta de La Justicia representa la justicia humana y la carta de El Juicio representa la Justicia Divina. Y la pregunta que nos podría ayudar a abordar la distancia y la diferencia existente entre ambas es la siguiente: ¿Existe en realidad la Justicia en términos humanos? La Justicia parece ser, en todo caso, un ideal antes que algo del orden de lo real. Incluso tal es la idealidad de la Justicia que se la termina atribuyendo en última instancia a Dios, apareciendo así la divinidad como el último reducto de la posibilidad de la justicia. Tal vez estas sencillas ideas puedan alcanzar para significar la tensión entre estas dos cartas del Tarot, pero vamos a tratar de profundizar un poco más tratando de ir más allá de sus velos y apariencias. El punto es que para el Esoterismo la distancia entre lo divino y lo humano no es una realidad sino más bien una apariencia, por ello ya hemos planteado, por ejemplo, que "adivinar" (por medio de las cartas del Tarot) significa "ejercer la divinidad." Otra pregunta que podríamos hacernos es la siguiente: ¿Por qué atribuimos a Dios la función de la Justicia? Tal vez a partir de este interrogante sea más fácil entender no sólo la vivencia de la ajenidad de lo divino, sino también la vivencia de lo divino como agente del castigo, dos temas que han sido especialmente explotados por las religiones. ¿Pero si cuestionamos que la justicia sea un atributo de la divinidad, eso significa que la tenemos que devolver al ámbito de lo humano? Y con esta pregunta volvemos al punto de partida.
El Arcano VIII representa la Justicia humana. En realidad, lo primero que tenemos que decir es que tal cosa no existe, ya hemos aclarado que la Justicia es del orden del ideal, ni de lo divino ni de lo humano, sino de las cosas idealizadas. Y como ese ideal se aleja tanto de la realidad que vivimos, proyectamos sobre Dios esa condición ideal del ejercicio de la justicia. Pero, por otro lado, reconocer que la Justicia es más bien una "idea" humana que un real atributo de la divinidad, nos permite visualizar dos aspectos representados por el Arcano VIII: por un lado, el juicio del propio sujeto sobre sí mismo (esencia de la instancia moral del Superyó) o la capacidad de reflexionar y evaluar el propio comportamiento (atributo específico de la modulación ética del Yo) y, por el otro, el juicio que el sujeto realiza sobre los demás (destreza fundamental del mecanismo defensivo de la Proyección). Existe la Justicia como un ideal (o como una idea), siempre muy alejada de lo que sucede en la realidad; existe un ideal del Yo, cuya diferencia con el Yo Real cultiva siempre la semilla de la culpa y el autoreproche; y existe también un Yo ideal, una imagen que opera como fundamento idealizado de lo que somos (Narcisismo), lo que nos conduce a creernos en condiciones de juzgar a los demás. Más o menos patológico, más o menos normal, más o menos saludable, el Narcisismo es lo que nos lleva a tener una imagen inflacionaria de nosotros mismos, incluso en aquellos casos que cierto psicologismo a la carta gusta en llamar "baja autoestima". En última instancia, el problema no es la posibilidad de que lo ideal pueda volverse real sino cuál sería su función, teniendo en cuenta que lo realizado jamás alcanzará las exigencias del ideal. Dicho en fácil: la injusticia existe y forma parte de la condición humana, podemos dimitir la justicia a una realidad extratemporal, a otra vida diferente después de la muerte, pero la injusticia forma parte de nuestra realidad y nos define como seres humanos. Y en este mismo sentido, las leyes y las normas establecidas por la arbitrariedad de las instituciones, muchas veces, están hechas en beneficio de ciertos intereses, generando de este modo la paradoja de una justicia injusta.
Por todo ello, la justicia humana debe entenderse ligada a la defensa de los intereses de las personas en el contexto de las relaciones interpersonales, representando más bien a las instituciones judiciales y a sus aspectos burocráticos, de modo tal que, en lo concreto, se refiera a la defensa y al reconocimiento de los intereses personales y, en lo abstracto, a la búsqueda de un supuesto bien común. Desde este punto de vista, podemos apreciar la diferencia con la justicia entendida desde la perspectiva de la trascendencia divina, ¿acaso la relacionaremos con la defensa arbitraria de los intereses de las personas? La Ley humana es justamente eso, garantía del propio bienestar que establece una condición reciproca: no hacer al otro lo que no quiero que me hagan a mí. Lo fundamental aquí es poder entender que la formulación de esta Ley que garantiza la convivencia más o menos pacífica entre las personas, remite siempre a la condición egoísta del ser humano. No asumimos la Ley porque seamos buenas personas, al contrario, asumimos la Ley porque nos conviene: asumo la prohibición de "no matar" porque me conviene que el otro no me mate a mí. No habría absolutamente nada de altruismo en este punto. Sí existe la creencia del sujeto de que no mata porque es una buena persona, pero eso corre por cuenta de las ilusiones del Ego (Narcisismo).
Por esta razón la carta de La Justicia está ubicada justamente ahí en ese lugar, encabezando el Segundo Septenario, como puerta de entrada a la evolución espiritual que, en la segunda línea de los Arcanos Mayores, tiene por propósito un trabajo de conocimiento interior. A Oswald Whirt se le ocurrió que para expresar mejor las correspondencias astrológicas y siguiendo las enseñanzas de la Golden Down (Alba Dorada) -sin dar mayores explicaciones- había que ubicar en el lugar del Arcano VIII la carta de La Fuerza y pasar La Justicia a la posición del Arcano XI; Paul Foster Case y Aleister Crowley también se ajustaron, en la realización de sus propios Tarots, al criterio esotérico de la Orden de la Golden Down. Según Rachel Pollack,[1] la justificación del cambio se puede atribuir a que el trabajo de evaluación interior es más profundo e inconsciente si está motivado por el significado de la Carta de La Fuerza, mientras que sería más racional y consciente si estaría regido por la Carta de la Justicia; en todo caso, se trata de una aseveración bastante discutible ya que ningún conocimiento, ni mucho menos una transformación de las estructuras inconscientes puede realizarse sin la aplicación de la intencionalidad de la conciencia.
A nuestro entender, la justificación de iniciar la segunda línea con la carta de La Justicia responde al hecho de poder interpretar los 7 ternarios al considerar las relaciones verticales entre las cartas: El Mago (Arcano I), que representa la intencionalidad de la conciencia, primero tendrá que enfrentarse a su propio Ego y reconocer su estructural condición egoísta (narcisista), representada en la carta de La Justicia (Arcano VII), para poder avanzar luego en el Tercer Septenario, hacia el reconocimiento de su propia Sombra, representada en la carta de El Diablo (Arcano XV). De este modo, inauguramos el criterio esotérico para la lectura de los 7 ternarios: las cartas de la primera línea, significan funciones psíquicas de la conciencia que deben ser aplicadas a las cartas de la segunda línea, que representan las puertas interiores (inmanentes) necesarias de abrir para que se produzcan las aperturas de las puertas exteriores (trascendentes), representadas por la tercera línea. Entendemos el Esoterismo como la práctica que tiene por objetivo abrir puertas interiores para que, por efecto de correspondencia, se produzcan aperturas de puertas exteriores. La expresión metafórica de puertas interiores y exteriores sirve a los fines de condensar en una imagen dinámica el camino, el método y el sentido de la evolución espiritual.

1º Línea: Función Psíquica

2º Línea: Puerta Interior

3º Línea: Puerta Exterior
Se la mire por donde se la mire, la Carta de La Justicia es la pura expresión del egoísmo humano (Narcisismo) y nadie puede pretender avanzar en el conocimiento de su Sombra sin reconocer primero este aspecto. Lo que el psicologismo a la carta denomina como "falta de autoestima" no es en realidad ninguna "falta" sino una formación secundaria autopunitiva (superyoica) de carácter reactivo a esa imagen idealizada de sí mismo que denominamos Narcisismo. El problema es que esta imagen idealizada mediará una tensión siempre agresiva en la relación con el semejante, lo que instalará el fundamento del sadismo como goce primario. En síntesis, la estructura imaginaria del Ego tiene dos polos para expresar el mismo fenómeno: la exaltación sádica de sí mismo o su devaluación masoquista, pero esta última es una formación secundaria que consiste en volver el sadismo primario contra la propia persona, constituyendo así el masoquismo.
Otra cuestión que debemos destacar es que en el Segundo Septenario se encuentran representadas las cuatro virtudes cardinales: la Justicia (Arcano VIII), seguida inmediatamente por la Prudencia (Arcano VIIII), la Fortaleza (Arcano XI) mediada por La Rueda de la Fortuna (Arcano X) y la Templanza (Arcano XIIII) precedida por El Colgado (Arcano XII) y El Arcano sin Nombre (Arcano XIII). Este señalamiento nos permite visualizar cierto dinamismo en la evolución espiritual como resultado del trabajo interior.

Justicia

Prudencia

Fortaleza

Templanza
¿Cuál es el dinamismo en juego? La virtud fundamental de las cuatro señaladas es la Prudencia, representada por el Ermitaño (Arcano VIIII), cuya búsqueda se orienta hacia la Justicia (Arcano VIII) y se aleja de La Rueda de la Fortuna (Arcano X) que representa el orgullo y es, al mismo tiempo, un llamado a la humildad. En este primer grupo de cartas se nos presenta el ejercicio de la Prudencia como el abandono del orgullo para poder reconocer nuestro propio egoísmo y adquirir la humildad necesaria para avanzar en el conocimiento y el dominio de sí mismo, esto último representado en la carta de La Fuerza (Arcano XI). La Rueda de la Fortuna (Arcano X) es una carta de cambio pero es una carta cíclica, con lo cual señala la ilusión del cambio y la ilusión del avance tal como un hámster corre al interior de una rueda. También señala la repetición de las experiencias todas las veces que sea necesario hasta adquirir la humildad requerida para continuar en el camino de la evolución espiritual. Si el orgullo es el peor vicio en la vida del espíritu, la humildad es el único remedio posible para poder superar la ilusión de una falsa espiritualidad, tal como enseña el contenido esotérico del Himno de la Carta a los Filipenses sobre la kénosis (vaciamiento o abajamiento) del Verbo:
"Tened
entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo: El cual, siendo de condición
divina, no hizo alarde de su categoría de Dios, sino que se despojó de sí mismo
tomando condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres y apareciendo
como uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta
someterse incluso a la muerte y una muerte de cruz. Por eso Dios lo exaltó y le
otorgó el Nombre que está sobre todo nombre. Para que al nombre de Jesús toda
rodilla se doble, en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua
proclame que Cristo Jesús es SEÑOR para gloria de Dios Padre." (Fil.
2, 5-11).
El orden en que se encuentran posicionadas estas cuatro cartas parece reproducir la doctrina medieval sobre las virtudes cardinales: La virtud de la Prudencia (representada por El Ermitaño) es la virtud fundamental ya que constituye el sujeto activo de las virtudes de la Justicia, la Fortaleza y la Templanza. Y, respecto de estas tres últimas, la Justicia es la virtud más importante por dos razones: primero, porque supone el reconocimiento del propio egoísmo y el trabajo interior para lograr la consideración y el respeto por el semejante en las propias acciones; segundo, porque exige la expresión externa de la acción justa en las relaciones recíprocas con el semejante y en el ejercicio de la responsabilidad social. Por ello, la línea comienza con la Justicia como primer objeto en la búsqueda de la acción prudencial del Ermitaño, continuando con la Fortaleza y la Templanza que representan el autodominio y la satisfacción interior como resultado de la práctica (Prudencia) de la virtud de la Justicia. La lógica evolutiva de la segunda línea no procede del logro de un equilibrio interno que luego se manifestará en un equilibrio externo sino, por el contrario, poniendo en juego los efectos que produce en el orden interior la asunción de un orden exterior. Este ordenamiento tradicional entre las tres virtudes cardinales de la Justicia, la Fortaleza y la Templanza, constituiría un segundo argumento para no alterar las posiciones de la Justicia (Arcano VII) y la Fuerza (Arcano XI) ya que, en esta misma doctrina, tal inversión significaría el uso del propio dominio para la acción injusta.[2]

Si nos dejamos llevar por la apariencia de la carta de La Justicia -y el nombre que le damos forma parte de sus apariencias- concebimos en nuestra mente esa idea idealizada de la justicia que analizábamos anteriormente. Pero siguiendo el aprendizaje del Arcano VII (El Carro) vamos a traspasar el velo de la conciencia y analizar en sus detalles el verdadero mensaje oculto en su imagen. Teniendo en cuenta que es una carta que usualmente se la interpreta a partir de la idea de "equilibrio", veamos algo que refleja su fundamental "desequilibrio": si ubicamos una regla sobre la barra que sostiene los dos platillos de la balanza podremos apreciar con claridad que se encuentra inclinada. Y, si observamos más detenidamente, vemos que la rodilla derecha está empujando un platillo hacia arriba y que el brazo izquierdo empuja el otro extremo de la barra hacia abajo.
Si observamos el soporte sostenido por la mano
izquierda comprobaremos que la balanza no cuelga normalmente sobre su propio
peso sino que se encuentra inclinada por fuerzas ajenas a su dinamismo. La
balanza de dos platillos es la balanza griega (la balanza romana consta de uno solo)
y tiene la particularidad de que puede ser fácilmente adulterada. Con la balanza
en la mano no se está representando necesariamente a una Justicia justa sino a
una Justicia que puede ser justa, pero también injusta. Teniendo en cuenta que,
por lo general, la Justicia se suele representar con los ojos vendados, aquí
podemos apreciar que sus ojos están descubiertos. La venda en los ojos
representa la imparcialidad de quien imparte justicia, es decir, el
cumplimiento de la máxima del Derecho según la cual todos somos iguales ante
la Ley. Por lo tanto, una justicia sin los ojos vendados es una justicia parcial,
que privilegia a algunos por encima de otros. Todos estos elementos nos
conducen a una concepción subjetiva y arbitraria del sentido de la justicia, es
decir, a la defensa de los propios intereses, a una visión de la realidad
determinada por el propio punto de vista y a cierta rigidez o inflexibilidad
característica de esa misma perspectiva. No deberá malinterpretarse esta idea sólo
reduciéndola a un significado negativo de la carta, sino más bien como una
característica propiamente humana, como una condición narcisista fundamental de
la psicología humana y, sobre todo, como un señalamiento de que todo lo que
hacemos responde a un motivo egoísta, aunque no estemos dispuestos a
reconocerlo, incluso cuanto más convencidos estemos de poder negarlo.
Esta idea de defensa de lo propio nos trae
reminiscencias del Arcano III (La Emperatriz), lo que nos conduce a señalar
ciertas similitudes entre la carta de La Justicia y la carta de la Emperatriz:


La Justicia es el último de los personajes entronizados del Tarot. Dentro de éstos, La Emperatriz y La Justicia son los únicos que se encuentran sentados de frente, con las piernas abiertas (representando instancias previas a la acción) y, si las disponemos juntas, podemos observar un efecto en espejo que se vuelve muy llamativo en el empoderamiento que cada una hace de sus propios atributos por las disposiciones de sus manos y brazos. Notables semejanzas, pero sólo semejanzas, que nos llevan a resaltar algunas diferencias mucho más notorias cuanta más importancia le damos al análisis de cada detalle. Uno de ellos es el caso de la mirada, siendo La Justicia el primer Arcano que mira de frente (nos mira), [3] significando la capacidad de sinceramiento con uno mismo o la capacidad de mirarse a uno mismo a los ojos, metáfora imaginaria que señala el atributo esencial de la reflexión aplicada a la evaluación del propio comportamiento, una especie de balance de las propias actitudes. La mirada de la Justicia es un llamado a hacer una evaluación, un sopesamiento, un juicio sobre nuestras acciones y sobre las consecuencias de nuestros actos. Pero, en realidad, si el análisis fuera solamente moral, si lo único que viéramos de nosotros mismos serían nuestras buenas o malas acciones, nos quedaríamos en el simbolismo propio de la balanza, la mirada de La Justicia nos exige mirar un poco más allá del discernimiento moral, nos empuja a evaluar nuestra propia condición ética, que se encuentra representada en la manipulación de la balanza, simbolizando la corrupción del discernimiento. De este modo, podemos observar un efecto ilusorio en la carta cuando nos detenemos solamente en el simbolismo de la balanza sin percatarnos de la manipulación de la que es objeto.



Si comparamos el Arcano VIII (La
Justicia) con el Arcano II (La Papisa) y el Arcano V (El Papa), podemos
observar una disposición simétrica del simbolísmo de las posturas y las
miradas: La Papisa, orientada hacia la izquierda, representa la intuición, la
reflexión y la memoria como fundamentos previos de la acción; El Papa,
orientado hacia la derecha, representa la recepción de consejos, de orientación
y de indicaciones para la acción correcta; La Justicia, orientada de frente,
representa el propio juicio, la evaluación autónoma de nuestras acciones y el
sinceramiento respecto de nuestras más profundas motivaciones. De este modo,
vamos comprendiendo progresivamente la estructura simbólica del Tarot a partir
de la observación detenida y detallada de sus imágenes. A esta misma estructura
le podemos agregar otros Arcanos para completar el patrón simbólico establecido:







Retomando el análisis del simbolismo del Arcano
VIII, la balanza en términos muy generales se la asocia a la idea de
equilibrio y puede representar la equilibración de cualquier tipo de dualidad u
opuestos, pero más específicamente es símbolo de la justicia entendida como
sopesamiento de los actos, entonces representa tanto la acción justa como el
juicio que pondera la calidad moral de los actos. Esa evaluación de la propia
acción tiene como finalidad lograr la virtud de la Justicia, entendida como un
equilibrio entre las intenciones y las acciones, entre la voluntad de hacer el
bien y el cumplimiento externo de las normas, entre mis derechos y lo que por
derecho le corresponde a los demás. En este sentido, la balanza representa la
Ley del Karma y la Ley de Causa y Efecto advirtiendo sobre la consecuencia
mundana y espiritual de nuestras acciones. Se trata entonces de un equilibrio
entre lo interno y lo externo, entre las intenciones y las acciones, entre lo
que se pretende y lo que es otorgado, entre lo que me corresponde a mí y lo que
le corresponde a otro en una negociación. Finalmente, un sentido más
trascendente del equilibrio simbolizado por la balanza, representa "el
retorno a la unidad, es decir, a la no manifestación, pues todo lo que es
manifestado está sujeto a la dualidad y a las oposiciones. El equilibrio
realizado por los platillos fijados uno frente a otro significa pues un más
allá de los conflictos que pertenecen al tiempo-espacio, a la materia."[4]
La espada asociada a la balanza significa que la justicia debe estar guiada por la verdad.[5] En esta asociación, el filo de la espada representa la función racional del juicio, como corte y separación (discernimiento) entre lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto, la verdad y la falsedad. Es símbolo del poder del pensamiento, de la razón y de la inteligencia para disipar la ignorancia y, al mismo tiempo, significa una decisión y la pronunciación de una sentencia, con lo cual hace referencia indirecta al efecto de la palabra que expresa el juicio de la razón. Pero la espada es un arma de doble filo por ello su acción puede ser usada para construir o destruir, para expresar la verdad o la mentira, haciendo referencia a la justificación de las acciones, en el doble sentido de justificarse apelando a razones válidas o inválidas. En su dualidad, significa una decisión que nos puede beneficiar o nos puede perjudicar. Mientras la balanza está sostenida por la mano izquierda con el brazo replegado, significando la influencia de las emociones y del propio beneficio en la motivación de nuestras acciones; la espada, por su parte, está empuñada por la mano derecha con el brazo extendido, significando la influencia del pensamiento y las justificaciones racionales que fundamentan nuestras decisiones. Simplificando la idea podríamos decir que la acción justa depende de la rectificación que el uso de la razón debe hacer sobre nuestras inclinaciones emocionales. El aspecto destructivo del simbolismo de la espada lo vamos a encontrar en el Arcano XV (El Diablo) que se ubica justamente debajo de la carta de La Justicia, sosteniendo una espada sin empuñadura con la mano izquierda, donde es de notar también que, en un sentido inverso, el brazo izquierdo se encuentra extendido mientras que el brazo derecho se encuentra replegado, significando que son las emociones y las pasiones las que dominan el juicio de la razón. Además de la notable diferencia de tamaño entre ambas espadas es importante señalar que la espada de La Justicia es de color celeste, símbolo de la sublimación espiritual de la agresividad, mientras que la espada de El Diablo es de color verde rematada por flamas de color rojo, símbolo de su expresión natural, no sublimada, encendida por el fuego de las pasiones:


De las cuatro cartas que representan las cuatro virtudes cardinales, la carta de La Justicia es la única que se encuentra entronizada y doblemente coronada, representando el primado de la virtud de la Justicia sobre las demás. El respaldar de su trono tiene una forma semicircular sostenida por dos pilares[6] y en la parte izquierda podemos observar que faltan algunas varillas: representando la imperfección de los sistemas jurídicos y morales establecidos, su posibilidad de ser siempre modificados, rectificados y mejorados. Las barillas del respaldar no superan la cabeza de La Justicia, significando que su juicio se encuentra condicionado a un orden jurídico y moral establecido pero siempre con la posibilidad, la libertad y la responsabilidad ética de trascenderlo. Entre los platillos de la balanza, más cerca del platillo de la derecha, podemos apreciar una forma triangular de color celeste con nueve formas similares de color negro en su interior, haciendo referencia al Arcano VIIII (El Ermitaño), representantando el efecto ordenador y jerarquizante de la virtud de la Prudencia, necesario para reequilibrar el sistema corrompido de la balanza. El suelo en el que se asienta la figura de La Justicia es de color amarillo con un arbusto color naranja, indicando que su reinado se siñe estrictamente al plano abstracto de lo mental desde donde determina su injerencia en el plano concreto y material. Su ropaje posee una forma encapsulada y su base parece enquistarse en el suelo restringiendo la apertura de sus piernas, simbolizando que la disposición a la acción se encuentra condicionada por las formas rígidas de las costumbres y los mandatos familiares, sociales y culturales.
El Tarot parece retomar en el Arcano VIII las representaciones de la Justicia previas al Siglo XVI (tal vez como una representación de transición), en las que es presentada como una doncella coronada (sentada en el trono), con la balanza en la mano izquierda, la espada en la mano derecha y los ojos descubiertos. Hacia finales del Siglo XV las representaciones muestran a la Justicia con los ojos vendados, de pie y ya no como una doncella (virgen) sino como una cortesana, que exhibe una pierna, o las dos, la rodilla descubierta, vestida con elementos propios del atuendo militar (muchas veces llevando una armadura o un casco) y con el pecho total o parcialmente desnudo. Esta transición coincide también con la independencia de las imágenes de la Justicia respecto de las representaciones bíblicas del Juicio Final (en las cuales se encontraba originalmente incorporada), expresando el proceso de evolución política que se estaba produciendo en el Renacimiento. Una primera cuestión relacionada con esta evolución histórica de la representación iconográfica de la Justicia es el hecho de que sea representada por una mujer. Sea una doncella o sea una cortesana lo femenino viene a simbolizar los aspectos ideales o idealizados de la Justicia. El hecho de que se la represente como una doncella significa que se la concibe como una "virgen", es decir, como una mujer "intacta" que simboliza el estado de pureza (opuesto al estado de corrupción) necesario para el ejercicio imparcial del juicio. Ese aspecto simbólico es desplazado en representaciones posteriores al significado de la venda que cubre los ojos de la cortesana que ya no es una mujer virgen; pero lo femenino, cuando no remite a un estado de pureza, indica la fecundidad y el acto de dar a luz, siempre aspectos reservados a la femineidad. En la antigüedad, los griegos representaban la Justicia en la diosa Themis, diosa de la ley natural y el orden natural, en el sentido religioso de ser la encarnación de la ley y del orden divino en la naturaleza; diosa que también representa las leyes humanas y las costumbres que se constituyen en normas legales; diosa de los juramentos, las promesas y las profesías. Hija de Urano (cielo) y Gaia (tierra), engendró con Zeus tres hijas llamadas Las Horas: Eunomia (diosa de la armonía), Dice (diosa de la equidad) e Irene (diosa de la paz).
En las representaciones pictóricas de Giotto hacia 1305, en la capilla de los Scrovegni, en Padua, se mostraba por separado a la Justicia como una virgen con la balanza griega y a la Injusticia como un hombre con una espada. En representaciones posteriores, la espada de la Injusticia pasará a la mano derecha de la Justicia, sosteniendo la balanza en su mano izquierda. La presencia de la espada hace referencia a la decapitación (entre 1551 y 1798, la mitad de los condenados a muerte eran ejecutados mediante decapitación con espada), pero cumple también la función alegórica de referirse al acto de juzgar: cortar para poner término a la incertidumbre y llegar a una decisión, poner punto final a un conflicto, dividir en partes para dar a cada uno lo que le corresponde. La espada complementa la operación que se realiza con la balanza que es la de pesar, medir y determinar una desigualdad, mientras que con la espada se corregiría esa desigualdad. Esa desigualdad ha generado violencia y a pesar de que el corte que busca poner fin a esa violencia es también violento, no por ello se deja de asociar ese aspecto violento de la Justicia con algo necesario para lograr la paz social. Una segunda cuestión a tener en cuenta en la evolución histórica de la representación de la Justicia es la ambigüedad, la combinación de opuestos y los aspectos contradictorios de su representación cuando se la interpreta desde una perspectiva más humana, menos idealizada.
Si volvemos a analizar el Arcano VIII del Tarot teniendo en cuenta estos dos aspectos destacados en la transformación histórica de las representaciones de la Justicia, vemos que La Justicia del Tarot está representada por una mujer, pero si miramos con detenimiento e intentamos buscar al detalle sus rasgos femeninos, nos encontramos más bien con una figura ambígua, recargada y rígida, muy cercana a los rasgos de la imagen de La Papisa (Arcano II) y a tal punto de llegar a dudar si se trata realmente de un hombre o de una mujer, tal vez se trate de una mezcla de ambos a semejanza de lo que hemos analizado respecto del origen de la espada y la balanza.


La carta de la Justicia es una invitación a la autoevaluación de las propias acciones y de las propias intenciones, pero ese juicio puede desvirtuarse muy fácilmente, puede volverse peligrosamente injusto y dañino. Existen dos modos de desvirtuación de la Justicia: el juicio implacable hacia uno mismo (masoquismo moral) o hacia los demás (sadismo moral). Si el juicio no se encuentra dirigido al apacible sinceramiento respecto del propio narcisismo y del egoísmo que trasunta nuestras más sublimes intenciones, entonces se desvirtúa en un estéril autorreproche y en la proyección de la propia sombra sobre el comportamiento ajeno. Define de hecho la característica esencial de la instancia del Superyó como estructura parasubjetiva, portadora de la norma moral imparcial e implacable sin ningún tipo de consideración por las situaciones concretas y las condiciones singulares de la acción de cada sujeto. Por ello, el desarrollo de la sensibilidad ética es una tarea que la instancia del Yo debe alcanzar renunciando al goce de aplicar directamente la imparcialidad moral de los imperativos del Superyó sobre su propio comportamiento o sobre el comportamiento de los demás.
En una obra publicada en 1494 por el Decano de la Facultad de Derecho de Basilea, Sebastián Brant, titulada "La nave de los locos", entre los grabados en madera que la ilustraban figuraba una representación de la Justicia que está sentada mientras un loco le venda los ojos. Desde finales de la Edad Media, la figura del loco comienza a ocupar un lugar central en la escena social: es el portador de la verdad. El loco, al vendarle los ojos, nos invita a ver la irracionalidad de la Justicia, su imposibilidad, su despropósito, su condición inhumana. Ya hemos señalado esa paradoja según la cual la pretensión de la justicia termina engendrando la injusticia: la injusticia es la posibilidad más propia de la justicia. No es la existencia primera de la injusticia la que demanda la necesidad de la justicia sino, a la inversa, es la idea misma de la Justicia la que termina engendrando, por contraste o por su misma acción, la existencia de la injusticia. El simbolismo de la balanza -y mucho más aun el de la espada- introduce la idea casi delirante de la Justicia como esa medición "justa", "exacta", "mensurable" y "cuantificable" de aquello que pretende negociar, dividir y repartir. Abandonada solamente a sí misma, a su condición de ser solamente un ideal, una abstracción, una promesa, una ilusión y teniendo en cuenta que no se la puede concretizar más que como la defensa de algún tipo de interés particular, la "incalculable" Justicia siempre está más cerca del mal, o incluso de lo peor, porque siempre puede ser profanada con el cálculo más perverso. Sólo si nos acercamos a ella conscientes de su propia corrupción interna podremos intentar evitar ese mal inherente a la Justicia, ese mal que únicamente la Justicia puede generar. Ilustremos esta cuestión con el legendario Juicio de Salomón:
"Vinieron por entonces al Rey dos prostitutas y se presentaron ante él. Una de las mujeres dijo: «Óyeme, mi señor, yo y esta mujer vivíamos en una misma casa, y yo he dado a luz, estando ella conmigo en la casa. A los tres días de mi alumbramiento, también dio a luz esta mujer; estábamos juntas, no había ningún extraño con nosotras en la casa, fuera de nosotras dos. El hijo de esa mujer murió una noche, porque ella se había acostado sobre él. Se levantó ella durante la noche y tomó a mi hijo de mi lado, mientras tu sierva dormía, y lo acostó en su regazo, y a su hijo muerto lo acostó en mi regazo. Cuando me levanté por la mañana para amamantar a mi hijo lo hallé muerto; pero fijándome en él en la mañana vi que no era mi hijo, el que yo había dado a luz.» La otra mujer dijo: «No, todo lo contrario, mi hijo es el vivo y tu hijo es el muerto.» Pero la otra replicó: «No; tu hijo es el muerto y mi hijo es el vivo.» Y discutían delante del Rey. Dijo el Rey: «Ésta dice: ´Mi hijo es éste, el vivo, y tu hijo es el muerto.´ Pero la otra dice: ´No, tu hijo es el muerto, y mi hijo es el vivo.´» Dijo el Rey: «Traedme una espada.» Llevaron una espada ante el Rey. Dijo el Rey: «Partid en dos al niño vivo y dad una mitad a una y otra a la otra.» La mujer de quien era el niño vivo habló al Rey, porque sus entrañas se conmovieron por su hijo, y dijo: «Por favor, mi señor, que le den el niño vivo y que no le maten.» Y la otra dijo: «No será ni para mí ni para ti: que lo partan.» Respondió el Rey: «Entregad a aquélla el niño vivo y no le matéis; ella es la madre.» Todo Israel oyó el juicio que hizo el Rey y reverenciaron al Rey, pues vieron que había en él una sabiduría divina para hacer justicia." (1 Reyes 3, 16-28).
Solo el ideal del Amor, la compasión por el semejante, el que puede sostenerse ante el semejante desconocido, ante aquel que no tiene nada que ver conmigo -porque el amor a lo propio carece de todo mérito- solo ese Amor que es el consorte de la Sabiduría, puede llegar a dar verdadera solución a la paradoja insoluble que el ideal abstracto de la Justicia introduce en la existencia humana.
La relación astrológica de la carta de La Justicia (Arcano VIII) es con el signo de Libra. Para Leveratto y Lodi,[7] La Justicia, si bien alude a lo libriano por el simbolismo de la balanza, participa más bien de la circulación Aries-Libra, si tenemos en cuenta la combinación simbólica espada-balanza. Ese tránsito permite vincular los deseos personales y subjetivos con los condicionamientos objetivos tanto externos como internos. Según Sallie Nichols,[8] la segunda línea del Tarot representa el Reino del Equilibrio, y la carta de La Justicia inicia este reino ya no con las polarizaciones mundanas propias de la primera línea sino que prepara la conciencia para el contacto con lo trascendente. De este modo, lo que se polariza aquí es el enfrentamiento entre nuestros deseos, junto a la definición que tenemos de nosotros mismos, con los avatares del Destino. El tránsito Aries-Libra se establece a partir de la frustración del propio deseo, la liberación de las ilusiones y fantasías narcisistas, y el abandono de las actitudes de culpar a los demás, o al Destino, de ser la causa de las frustraciones de nuestros anhelos. También implica una profunda revisión y liberación de patrones aprendidos de conducta según los modelos culturales. Pero, fundamentalmente, implica una conexión, una sincronicidad, con los sucesos inesperados de la vida, sobre todo con aquellos que parecen frustrar nuestros deseos y objetivos, con el fin de descubrir en ellos el sentido trascendente que tienen en nuestra existencia. La Justicia nos advierte que lo conveniente no siempre es lo correcto o lo que tiene que suceder y, por lo tanto, es necesario poder interpretar en los sucesos impredecibles del Destino los designios trascendentes que van diseñando nuestra existencia. Para ello, es necesario dejar de culpar a los demás de nuestras frustraciones vitales, dejar de interpretar los eventos desafortunados como castigos de la divinidad o como ajustes de saldos kármicos, en fin, abandonar la tendencia autorreferencial que nos ubica en el lugar de víctimas de los caprichos del Destino para poder pasar a ser sus verdaderos protagonistas. El signo de Libra, que representa el equilibrio y la imparcialidad, tiene como regente al planeta Venus, lo que asocia ese equilibrio a la relación con el otro, por ello el equilibrio y la imparcialidad de Libra se pone en juego en la relación con el semejante, con las interacciones sociales y con las condiciones objetivas de la existencia.
La letra hebrea que le corresponde a la carta de La Justicia es ח (Jet) que es la letra de la vida y está construida combinando las dos letras previas, ו (Vav) y ז (Zain), con una fina línea a modo de puente, el jatoteret ("joroba"). La letra ח (Jet) entonces, sugiere el delicado balance entre la revelación de la Presencia de Dios, (la Vav de la Jet) y la influencia de su poder creativo en la creación (la Zain de la Jet). Existen dos tipos de vida, la "vida esencial" que es la vida que Dios otorga al alma y la "vida que vitaliza" que es la vida que el alma da al cuerpo. La forma de la letra ח (Jet) representa una puerta con lo que significa un nuevo comienzo, en el sentido de la trascendencia espiritual, como el pasaje de un portal; siendo la octava letra del alfabeto hebreo, hace referencia a un nuevo inicio después del séptimo día de la creación. Representa la unión entre el hombre ז (Zain) y la mujer ו (Vav), el matrimonio, que es también una puerta a una nueva forma de vida, a un nuevo pacto, a un nuevo estadio o etapa de la vida y refiere a su función de engendrar una nueva vida. En el hebreo pictórico la ח (Jet) está representada por un muro que al mismo tiempo que divide, une y protege, referencia metafórica a la Torah, la Ley que permite el discernimiento entre lo sagrado y lo profano, lo puro y lo impuro, lo lícito y lo ilícito, lo justo y lo injusto; pero en un sentido negativo, se refiere a la creación de muros que operan como yugos y obstáculos, como formas discriminatorias que separan y dividen a las personas al establecer creencias, prejuicios, reglas y normas arbitrarias, innecesarias e intrascendentes.
La carta de La Justicia se asocia al número 8,
punto de enlace entre el orden natural y el orden divino, representante del
equilibrio cósmico, de la equidad y de la Justicia. Es esta evidencia, que
correlaciona el significado del Arcano de La Justicia con el número 8, lo que
lleva a Emilio Salas a juzgar de manera implacable que la decisión de Wirth de
permutar la posición originaria de La Justicia por La fuerza sea directamente
un error.[9] Si
bien acordamos con la evidencia que señala Salas, respetamos también la
decisión de Wirth y sus seguidores en introducir y sostener una modificación
semejante, solo que cada vez encontramos menos razones para justificarla. El
número 8 también simboliza la renovación espiritual, un nuevo comienzo en un
nivel superior.

En geometría sagrada, el octógono representa la
transición del cuadrado (material) al círculo (espiritual) y se lo puede
considerar como ese punto de pasaje de lo humano a lo divino, el umbral de participación
entre ambos. Por ello, en el Cristianismo representa a Cristo (en griego su valor numérico es 888) que es la encarnación de la divinidad y se lo puede encontrar expresado arquitectónicamente en muchas Iglesias.
La unión estable entre estas dos esferas de lo divino y lo humano se representa por la Lemniscata ∞ (el ocho acostado) símbolo del infinito y de la eternidad que representa el principio hermético de la Correspondencia: "Como es abajo es arriba" y su forma complementaria: "Como es adentro es afuera".
¿Por qué la Carta de La Justicia se encuentra en El Tarot
como portal de pasaje (o circulación) entre lo inferior y lo superior? Ya hemos
adelantado su sentido metafórico con la apertura de portales interiores y comprobamos cómo nos conducía a enfrentarnos
directamente con nuestra propia "sombra", El Diablo (Arcano XV). ¿Por qué hemos
afirmado que toda la enseñanza esotérica
codificada en el Tarot parece estar determinada por la diferencia y la
distancia existente entre las cartas de La Justicia y El Juicio? La carta de La
Justicia parece ser una especie de advertencia: "No juzguéis si no queréis ser juzgados, porque con el juicio con que
juzguéis seréis juzgados y con la misma vara con que midáis se os medirá. [Mt.
7, 1-2]" ("Como es arriba es abajo" o "Así en la tierra como en el cielo"), y
una admonición rectificativa: "¿Por qué
señalas la paja en el ojo de tu hermano y no miras la viga que tienes en el
tuyo? ¿Y cómo vas a decir a tu hermano «Deja que te saque la paja de tu ojo»
teniendo la viga en el tuyo? [Mt. 7, 3-4]" ("Como es adentro es afuera").
De aquí podemos inferir la clave que nos habilitaría el acceso al portal de la
evolución espiritual remitiéndonos a una lectura esotérica del jardín de Edén
en el Libro del Génesis:
"Plantó Yaveh Dios un jardín en Edén, al oriente, donde colocó al hombre que había formado. Yaveh Dios hizo brotar del suelo toda clase de árboles deleitosos a la vista y buenos para comer, y en medio del jardín, el árbol de la vida y el árbol de la ciencia del bien y del mal." (Gn. 2, 8-9). "Y Dios impuso al hombre este mandamiento: «De cualquier árbol del jardín puedes comer, más del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día que comieres de él, morirás sin remedio.»" (Gn. 2, 16-17). "La serpiente era el más astuto de todos los animales del campo que Yaveh Dios había hecho. Y dijo a la mujer: «¿Cómo es que Dios os ha dicho: No comáis de ninguno de los árboles del jardín?» Respondió la mujer a la serpiente: «Podemos comer del fruto de los árboles del jardín. Más del fruto del árbol que está en medio del jardín, ha dicho Dios: No comáis de él, ni lo toquéis, so pena de muerte.» A lo que replicó la serpiente: "Es que Dios sabe muy bien que el día en que comiereis de él, se os abrirán los ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal." (Gn. 3, 1-5). "Yahveh Dios llamó al hombre y le dijo: «¿Dónde estás? ¿Has comido acaso del árbol que te prohibí comer?» Dijo el hombre: «La mujer que me diste por compañera me dio del árbol y comí» " (Gn 3, 9)."Y dijo Yahveh Dios: «¡He aquí que el hombre ha venido a ser como uno de nosotros, en cuanto a conocer el bien y el mal! Ahora, pues, cuidado, no alargue su mano y tome también del árbol de la vida y comiendo de él viva para siempre.» (...) Y habiendo expulsado al hombre, puso delante del jardín de Edén querubines, y la llama de espada vibrante, para guardar el camino del árbol de la vida." (Gn. 3, 22-24).
Tal vez, una de las tantas cosas que se pasan por alto en la lectura de este texto sean las sutilezas del relato: en medio del jardín del Edén hay dos árboles y sólo uno de ellos está prohibido; pero después de haber echado mano del Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal, el Árbol de la Vida es el que se vuelve inaccesible. La clave central es el "seréis como dioses" en boca de la serpiente que, en el diálogo que establece con Eva, representa la dialéctica discursiva entre el conocimiento y la sabiduría. Entre el "ninguno de los árboles" y el "árbol que está en medio del jardín" se cuela la imprecisión de que en medio del jardín existen dos y que el goce de uno debe ser renunciado para poder acceder al placer del otro. En esa imprecisión se oculta la verdad de que hay dos modos de pretender ejercer la divinidad, pero solo uno de ellos es el más tentador (apetitoso): convertirse en juez del semejante. Y la consecuencia de ello es que, en ese pretender ser Dios y Juez, el ser humano pierde su verdadera vocación divina representada en el árbol de la vida, que simboliza su originaria participación en la inmortalidad de la Misericordia. En este mismo sentido, la condena de "muerte" debe interpretarse como la pérdida de la capacidad de amar que se refleja en la relación con el semejante, siendo muy ilustrativa la acusación de Adán: "la mujer que me diste...".
La dialéctica entre la imagen de un Dios de Justicia y un Dios de Misericordia es un tema central en la tradición religiosa del judaísmo, cuestión que ha alimentado las disputas escolásticas en las reflexiones teológicas a lo largo de la historia. Lo cierto es que, más allá de las discusiones bizantinas, la solución evangélica parece enfrentarnos con la estrechez espiritual de nuestro propio narcisismo:
"Porque os digo, que si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entrareis en el Reino de los Cielos." (Mt. 5, 20).
"Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre buenos y malos, y llover sobre justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman ¿qué recompensa vais a tener? ¿No hacen eso mismo también los publicanos? Y si no saludáis más que a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de particular? ¿No hacen eso mismo también los gentiles? Vosotros, pues, sed perfectos como vuestro Padre celestial." (Mt. 5, 43-48).
Se trata de un texto simplemente inadmisible, si lo leemos literalmente (exotéricamente), porque no existe en el contexto bíblico sentencia alguna que sostenga el "odio al enemigo"; pero, sobre todo, porque la idea de "amar al enemigo" repugna a la lógica humana -ni qué decir del sentimiento. Pero si atendemos al sentido esotérico del texto podemos advertir que se trata más bien de una confrontación retórica con el significado humano de la justicia o, mejor dicho, con la lógica narcisista ("si amáis a los que os aman", "si no saludáis más que a vuestros hermanos") y una invitación a la perfección según el ideal de la divinidad ("sed perfectos como vuestro Padre celestial", "que hace salir su sol sobre buenos y malos, y llover sobre justos e injustos"). Después de todo, ¿quién es el enemigo? y, por otra parte, la dialéctica entre el amor y el odio, ¿supera la órbita de nuestro propio narcicismo? Tal vez la idea de "enemigo" sea más cercana a la noción de "prójimo" (el próximo) que termina por estallar en el uso invertido que se da de ese mismo término en la Parábola del Samaritano que, por otra parte, ilustra de una manera más explícita (exotérica) lo que en el texto anterior se sugería sólo indirectamente:
"Se levantó un legista, y dijo para ponerle a prueba: «Maestro, ¿qué he de hacer para ganar vida eterna?» Él le dijo: «Qué está escrito en la Ley? ¿Cómo lees?» Respondió: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo.» Díjole entonces: «Bien has respondido. Haz eso y vivirás.
"Pero él, queriendo justificarse, dijo a Jesús: «Y, ¿quién es mi prójimo?» Jesús respondió: «Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de salteadores, que después de despojarle y golpearle, se fueron dejándole medio muerto. Casualmente, bajaba por aquél camino un sacerdote, y, al verle, dio un rodeo. De igual modo, un levita que pasaba por aquél sitio le vio y dio un rodeo. Pero un samaritano que iba de camino llegó junto a él, y al verle tuvo compasión; y, acercándose vendó sus heridas, echando en ellas aceite y vino; y montándole sobre su propia cabalgadura, le llevó a una posada y cuidó de él. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y dijo: ´Cuida de él y, si gastas algo más, te lo pagaré cuando vuelva.´ ¿Quién de estos tres te parece que fue prójimo del que cayó en mano de los salteadores?» Él dijo: «El que practicó la misericordia con él.» Díjole Jesús: «Vete y haz tú lo mismo.» (Lc. 10, 25-37).
Lo más importante para una adecuada hermenéutica de este tipo de textos, es poder comprender la agresividad desafiante que subtiende a los contenidos de los diálogos, esa tensión entre las preguntas irónicas de quienes se creen "justos" y las respuestas igualmente irónicas de quien los deja en evidencia. Si entendemos por "amor al enemigo" el "hacerse próximo de aquél que no está tan próximo" podemos comprender que el desafío de esa puerta que nos abre el camino a la evolución espiritual, y que hemos señalado como el sentido fundamental de la carta de la Justicia (Arcano VIII) iniciando la Segunda Línea de los tres septenarios, sea el reconocimiento de los límites de nuestro narcisismo: el orgullo y el egoísmo. Una vez reconocido ese límite, recién ahí nos encontraremos en el inicio del camino.
Para determinar el significado adivinatorio de esta carta tendremos en cuenta que su figura total nos muestra una mujer coronada, sentada en un trono sosteniendo una balanza y una espada, representando al consultante que defiende y reclama lo que considera que le corresponde o le pertenece por derecho de conciencia. Por ello, la carta al derecho adquiere el significado de que las cosas se van a dar o se van a resolver según lo que desea el consultante, según su propia conveniencia. Puede indicar también un reconocimiento de parte de los demás respecto de las acciones del consultante. Una fórmula ambigua para referirse a esta idea es que "el consultante recibe lo que se merece", lo cual puede ser bueno o malo, haciendo referencia a aquello que viene como consecuencia de las propias acciones. Es una carta que señala que las cosas se van a dar como desea el consultante, según su propia conveniencia, pero ello no quiere decir necesariamente que eso que va a suceder sea lo mejor o lo correcto. Uno de los criterios para poder determinar este aspecto en una tirada es el de ubicar la posición de la carta de El Juicio (Arcano XX), en caso de que aparezca en la tirada, si está al derecho indica que es lo correcto, mientras que si aparece invertida, en ese caso, se trata de algo incorrecto. En un sentido más específico, se trata de una carta que hace referencia a cuestiones legales, trámites administrativos y papeleo, siempre a favor del consultante, si se encuentra al derecho, pero con el correspondiente tiempo de demora propio de los procesos administrativos. Si representa a una persona indica virtud, rectitud, equidad, honestidad, seriedad, rigor, orden y disciplina; determinación o decisión irrevocable; persona ordenada y responsable en cuestiones administrativas (papeleo). Es una carta que indica equilibrio o la necesidad de actuar equilibradamente para conseguir lo que se desea. En las relaciones significa trato justo, acuerdos, contratos, legalizaciones, en general, una relación armoniosa aunque no sea una carta que haga referencia a los sentimientos y, en ese sentido, dotada de cierta distancia y frialdad.
En su Sentido Negativo es una carta que pierde el equilibrio, tiende a ser más arbitraria, hacia la defensa de los propios intereses por encima del de los demás. Representa a una persona rígida, fría, estructurada, tendiente a juzgarse a sí misma o a proyectar ese mismo juicio sobre las acciones de los demás. Simboliza la frialdad, la rigidez, la inflexibilidad del Superyó, la moral sin dialéctica y la tendencia al autocastigo. Hay que tener en cuenta que, si bien se trata de una carta positiva que indica la tendencia al equilibrio de una situación, al mismo tiempo presenta cierta ambigüedad a tener en cuenta ya que lo que anuncia no necesariamente tiene que satisfacer de la misma manera a las personas involucradas. De este modo, en cuestiones de relación y dependiendo de la pregunta específica que se esté realizando, en un caso puede indicar que una de las personas esté pensando en ir por su propia cuenta en la vida y anticipar una posible separación; en otro, representar la unión legal (matrimonio); y en otro, la separación legal (divorcio). Si se está buscando una relación puede indicar que llega un compromiso y habrá que evaluar si se quiere ese compromiso o no.
La Carta Invertida indica que la situación por la que se consulta no se resuelve a favor del consultante, según su propia conveniencia; pero ello no indica que la solución no sea la correcta o la más justa. Representa demora o retraso en cuestiones administrativas, por lo que podría significar que aquello que se desea va a llevar más tiempo de lo esperado. Específicamente indica injusticia, situación de papeles que avanza en contra de los intereses del consultante. En las relaciones significa trato injusto, incluso habría que manejar la idea de cierta agresividad que podría desencadenar en un trato violento, en cualquier caso, la persona no recibe el trato que merece. También puede indicar falta de reconocimiento a los propios méritos con el consiguiente malestar que ello genera en cualquiera de los ámbitos que pueda aplicarse esta idea. Si la relación está en ciernes puede anticipar que se avecina un compromiso pero que no se está preparado para asumirlo y el riesgo estaría en intentar forzar la relación; o simplemente que no hay compromiso. Puede representar a una persona que se maneja de manera irresponsable, falta de seriedad, desorganización y desorden en cuestiones administrativas, persona que no se hace cargo de las consecuencias de sus actos.
En cualquiera de sus significados posibles, la orientación del tarotista debe estar enfocada hacia el propio sinceramiento del consultante respecto de sus intenciones, de sus actitudes y de sus acciones. Se prestará un especial cuidado al intento de establecer un equilibrio en los componentes en juego de acuerdo a la temática de la consulta, teniendo en cuenta que se trata de un equilibrio que se establece entre las condiciones internas y las condiciones externas al consultante, sobre todo y fundamentalmente en sus relaciones con los demás. Más allá de los aspectos concretos del contenido de la consulta deberá tenerse en cuenta el sentido de trascendencia de las intenciones, las actitudes y las acciones del consultante respecto de su evolución espiritual ya que se trata de una carta que opera como un portal iniciático hacia niveles superiores de conciencia.
Notas y Referencias Bibliográficas
[1] Cfr. Pollack, R. Los setenta y ocho grados de sabiduría del Tarot: Arcanos Mayores. Argentina: Urano, , pp. 102-103.
[2] Cfr. Pieper, J. (1980) Las Virtudes Fundamentales. Madrid: Rialp, pp. 83-172.
[3] El Arcano XII (El Colgado), El Arcano XI (El Diablo) y El Arcano XX (El Juicio) son las otras tres cartas del Tarot que tienen una mirada frontal, pero ciertos detalles en el diseño de esas cartas nos mostrarán algunas diferencias que harán de la mirada de La Justicia la única verdaderamente frontal y directa. Sólo la mirada frontal que aparece en el sol del Arcano XVIIII (El Sol) parece reproducir de manera casi idéntica la misma intensidad de la mirada frontal del Arcano VIII (La Justicia), aunque por la condición solar de la carta su mirada nos resulte mucho más luminosa.
[4] Chevalier, J. y Gheerbrant, A. (2007) Diccionario de los símbolos. Barcelona: Herder, v. Balanza.
[5] Ídem.
[6] Nótese que el pilar de la derecha tiene un remate circular que lo diferencia del de la izquierda y que señala una vez más los detalles que indican la idea de desequilibrio como constitutiva del simbolismo de esta carta; así también la ubicación del collar amarillo en su cuello vuelve a insistir en el mismo significado.
[7] Cfr. Leveratto, B. y Lodi, A. Astrología
y Tarot.
Buenos Aires: Kier, pp. 147-154.
[8] Cfr. Nichols, S. (2015)
Jung y el Tarot. Buenos Aires: Kairós, p. 217.
[9] Cfr. Salas, E. (1992) El gran libro del tarot. Buenos Aires: Robin Book, p. 175.